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Cómo consumimos microplásticos

Cómo consumimos microplásticos

Solemos pensar que ingerimos microplásticos sobre todo a través de los alimentos marinos; pero, en realidad, hay muchas más fuentes de contaminación. La mayor, de largo, es el agua embotellada. Se estima que entre el 10% y el 78% de las botellas de agua contienen contaminantes, incluyendo microplásticos, que pueden ser disruptores hormonales, así como sustancias como los ftalatos o el bisfenol A (BPA). Y es que beber agua de grifo es la medida más sencilla que podemos tomar para evitar la ingesta de microplásticos.

Un chicle es, básicamente, plástico y goma con saborizantes, por lo que es lógico que masticarlos conlleve la ingesta de microplásticos. Un solo gramo de chicle puede contener hasta 637 partículas de microplásticos. Estos elementos no solo provienen de la base de la goma de mascar, sino que podrían deberse a la introducción de microplásticos durante el proceso de producción o envasado.

Al margen de que su ingesta excesiva tiene efectos indeseados sobre nuestra salud cardiovascular, la sal marina no parece el alimento con más riesgos de contaminación alimentaria, pero hay estudios que aseguran que el 94 % de los productos con sal están contaminados con microplásticos. La presencia de microplásticos en la sal tiene más que ver con su manipulación: se transfiere en el proceso de embalaje. 

La contaminación por microplásticos en frutas y verduras se ha atestiguado en varios estudios científicos y a través de dos fuentes: los nanoplásticos, las partículas plásticas de menos de 1000 nanómetros, pueden penetrar en las plantas a través de las raíces. Pero, además, se han encontrado microplásticos en la superficie de diversas frutas y verduras. 

 

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