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UCE denuncia la falta de información en el origen de los alimentos

UCE denuncia la falta de información en el origen de los alimentos

Es evidente la creciente preocupación de la ciudadanía por el origen de los alimentos que compra. Por ejemplo, una encuesta, realizada por la iniciativa “Si Yo No Produzco, Tú No Comes” (SYNPTNC), que contó con la participación de 1.382 residentes en España entre el 4 de diciembre de 2023 y el 5 de enero de 2024, es decir, muy reciente, reveló que un abrumador 97% de los participantes prefiere consumir alimentos producidos en España frente a opciones más económicas de importación.

Sin embargo, y a pesar de esta realidad palmaria, lo cierto es que, en la actualidad, la información sobre el origen solo se indica en la etiqueta de algunos alimentos. Además, en muchos se muestra de forma confusa, así que a veces nos puede llevar a error.

La ley en nuestro país no es todo lo clara que debiera ser: en principio, debe indicarse el país de origen o el lugar de procedencia de un alimento siempre que la falta de tal indicación pueda inducir a engaño a los consumidores. Pero en circunstancias normales, no hay necesidad de hacerlo. Por eso la mayoría de los alimentos no muestra el origen. En esos casos solo es obligatorio para algunos en concreto, en los que debe mostrarse siempre, como la miel, las frutas y vegetales frescos, el pescado, la carne, el aceite de oliva, los huevos o la leche y productos lácteos.

Desde nuestro punto de vista esta norma parte de una posición absolutamente desfavorable para el consumidor, porque la indicación del origen es una ventaja indiscutible para elegir con criterio. Por eso nos cuestionamos los motivos por los que aún no es obligatoria esta mención en todos los alimentos, especialmente a estas alturas, cuando el etiquetado tiende a ser cada vez más transparente. Sin embargo, la realidad demuestra que incluir esta información no siempre es fácil.

Además, se deja la decisión en manos del productor porque, si solo está obligado a indicar el origen de su producto si su ausencia puede inducir a error, ¿quién y cómo valora esa posibilidad tan subjetiva? Así, esta legislación es algo ambigua, y está sujeta a diferentes interpretaciones, por lo que no siempre es fácil entender qué medida debería adoptarse en cada caso.

Por otra parte, podemos encontrar productos que proceden de un lugar, pero parecen venir de otro. Por ejemplo, unas galletas que muestran en su envase una bandera de España junto con imágenes de monumentos típicos de este país, pero que en realidad han sido elaboradas en Italia. En este caso, debe indicarse su verdadero origen («Italia»), porque de lo contrario podría llevar a error. Pero imaginemos ahora que esas galletas, con esa misma caja que muestra motivos asociados a España, están elaboradas realmente en este país, pero su ingrediente primario, en este caso la harina, procede de Italia. En este supuesto debería indicarse el origen de la harina. Esto solo es aplicable cuando se trata de un ingrediente primario, es decir, cuando hablamos de un ingrediente que supone más del 50% del alimento o cuando asociamos ese ingrediente con el nombre del producto.

En otras ocasiones podemos encontrar productos que hacen referencia a lugares geográficos de distintos modos. Esto podría llevarnos a pensar que deben mostrar obligatoriamente la información sobre el país de origen o el lugar de procedencia, pero si esas referencias no están destinadas a proporcionar información al consumidor sobre el origen, no es obligatorio hacerlo.

Para ejemplificar esta dificultad y lo complicado que es para un consumidor poco instruido estar seguro del origen de un producto, vamos a explicar cómo surge la idea de hacer este estudio. Un ciudadano nos hizo la siguiente consulta: había comprado unas pipas de girasol, pensando que eran extremeñas por el nombre, los colores, el grafismo del envase… pero luego, al darle la vuelta, observó una leyenda que le advertía que las pipas venían de fuera de la Unión Europea. La pregunta era clara: ¿esto es legal? Y, lamentablemente, la respuesta también lo es: sí, es legal.

Por mucho que nos pueda extrañar, que en el envase de un alimento se reproduzca en grandes letras el gentilicio de una comunidad autónoma, que esas letras luzcan los colores de su bandera y que el grafismo recuerde al árbol típico de ese territorio, pero que después, en el reverso y en letra infinitamente más pequeña se indique que el que parece el origen de ese alimento realmente no lo es, se ajusta al dedillo a la legalidad vigente.

Este caso de las pipas es muy llamativo, pero la situación se repite en cientos de alimentos. Envases de pimientos del piquillo, maíz, judías verdes, garbanzos, atún o mejillones, aunque España sea una gran productora de todos ellos, contienen con mucha más frecuencia de lo que podemos pensar, alimentos que vienen desde muy lejos, normalmente, desde Sudamérica o China. E incluso muchos de ellos no están obligados a indicar su origen, a no ser que puedan inducir a error al consumidor.

Con estos antecedentes, nos hemos puesto manos a la obra y hemos buscado en las estanterías de nuestros supermercados el origen de los alimentos que consumimos a diario y podemos afirmar que, aunque la gran mayoría de los frescos cumple la obligación de indicar su origen, todavía hay un porcentaje significativo que lo obvia. Además, en las fruterías pequeñas no suele aparecer el origen de la fruta y verdura que venden, igual que en algunas pescaderías, que deben indicar el origen del pescado que comercializan. Y es muy llamativo que, siendo España un gran productor de carne, exista un porcentaje significativo de piezas que se importan, llegando en algún establecimiento hasta el 10%, aunque, eso sí, indicando su origen de forma correcta.

Evidentemente, el control del mercado es responsabilidad de nuestros gobernantes, igual que legislar para que el consumidor esté protegido y bien informado. Pero nosotros, como consumidores, podemos contribuir a que esa información que recibimos sea lo más clara posible. Por ejemplo, leyendo las etiquetas de los alimentos.

Debemos saber que España es absolutamente dependiente de los productos alimentarios producidos fuera de nuestro país: en la última década, las compras de productos agrícola al exterior se han disparado en un 88%. Además, se produce la paradoja de que España exporta cada vez más mercancías agroalimentarias y pesqueras, pero para cubrir sus propias necesidades alimentarias cada vez es más dependiente de terceros países, que ofrecen productos de peor calidad.

Por eso, debemos asumir un papel protagonista y darle más valor a lo producido en nuestro país. Una de las razones por las que importamos alimentos desde el extranjero, es el precio. Aunque parezca un contrasentido, traer pimientos desde 4.000 kilómetros es más barato que producirlos aquí, entre otros motivos, por el coste de la mano de obra. Sin embargo, apostar por el producto local (o nacional), contribuye a mejorar su calidad y a consolidar un modelo productivo respetuoso con el medio ambiente y con las personas que trabajan en él, sostenible y duradero.

Por eso, exigimos a los poderes públicos, tanto españoles como europeos, que sean más exigentes en cuanto al etiquetado del origen de los alimentos; y a ti, consumidor, te animamos a que le des la vuelta al envase que tienes en la mano y compruebes de dónde viene, para conocer su origen y luego elegir con criterio.

 

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