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Este verano, EXTREMADURA… sin ir más lejos

Este verano, necesito playa; yo, alguna capital europea que destaque por patrimonio cultural y arquitectónico; mi familia, lo que busca fundamentalmente cuando vamos de vacaciones, es descanso y naturaleza; es que yo, si no se come bien, no voy a ningún sitio… Seguramente, todos hemos escuchado a familiares o amigos algunas de estas frases cuando hablamos de vacaciones. Y, también casi con toda seguridad, suscribiríamos alguna de ellas. Lo que parece escaparse para la mayoría es que, para cumplir todas y cada una de esas premisas, no hace falta salir de “casa”.

En 2003 publicamos nuestro primer informe sobre turismo en Extremadura. En aquel número, el 13 de Consumidorex, visitamos los camping de nuestra región y aprendimos que el contacto con la naturaleza que ofrece esta forma de turismo encandila a miles de turistas cada año; luego, fueron hoteles rurales, espacios naturales protegidos, hospederías, playas fluviales, balnearios, piscinas naturales, centros de interpretación, albergues, empresas de turismo activo… nuestro compromiso con el turismo en Extremadura siempre ha estado presente en los 115 números publicados hasta la fecha, convencidos como estamos de que nuestra región, nuestra tierra, más que la gran desconocida, es la gran merecedora de ser conocida.

 

Amanece en Extremadura

Hemos dormido plácidamente en la cama de nuestro hotel urbano, en una de las dos ciudades patrimonio de la humanidad en Extremadura. Que estemos descansando junto a alguno de los conjuntos arquitectónicos y arqueológicos más importantes del mundo, no evita que nos haya despertado el crotoreo de alguna cigüeña que vela por su familia en la espadaña de alguna iglesia cercana. Abrimos la ventana y casi podemos escuchar el silencio, la calma, oler el aire que no huele a nada más que a oxígeno limpio, ver la piedra que vieron gentes como nosotros hace cientos de años, soñar que somos ellos, que nos vamos a lanzar a conquistar el nuevo mundo… pero somos más modestos y pensamos en conquistar un buen desayuno, seguramente una tostada de pan de pueblo con aceite de oliva virgen extra de Gata-Hurdes o Monterrubio, tomate de la vega del Guadiana y jamón de Dehesa de Extremadura.

Lo tenemos todo preparado. Hemos planificado una ruta de no más de 150 kilómetros por carretera. No sabemos si elegir la rapidez de la autovía, las dos nacionales que atraviesan Extremadura como una cruz, o las varias autonómicas que nos invitan a conocer parajes no conocidos; o, quizá mejor, atravesar  la ruta de los templarios por la nacional 432, maravillándonos con el “skyline” de Jerez de los Caballeros; o, por qué no, la nacional 110, que vertebra el valle del Jerte y que, casi con toda seguridad, rivalizaría con el Stelvio o la transpirenaica si fuéramos en moto; aunque podemos bajar aún más el listón y transitar por alguna carretera autonómica, como la que une las dos capitales de provincia y que atraviesa como un cuchillo de alquitrán la Sierra de San Pedro; o dejar a un lado la moderna, rápida pero anodina Autovía de la Ruta de la Plata entre Cáceres y Plasencia y tomar la antigua 630, con sus famosas “curvas del Tajo”, para seguir asombrándonos con la dehesa y el pantano de Alcántara, que nos descubre tesoros escondidos en épocas, como la que vivimos, de escasez de lluvias.

Pero todo eso son planes que tenemos en nuestra mente. Cuando salimos del hotel y tomamos conciencia de que estamos durmiendo tan cerca de las “ruinas” (quien haya visitado el teatro, entenderá el entrecomillado) romanas de Mérida, del conjunto medieval de Cáceres (elegido por el traidor de las Islas del Hierro para presentarse como candidato a la mano de Cersei Lannister) o del Monasterio de Guadalupe (lugar de descanso de los Reyes Católicos tras conquistar Granada) decidimos tomárnoslo con calma.

Hace buen día. En Extremadura, buen día no quiere decir que no llueva; en Extremadura, buen día significa sol radiante, cielo azul como sólo puede presumir quien tiene el aire tan limpio que debería envasarse para ser importado. Salimos del hotel temprano, decididos a perdernos por callejuelas, museos, monumentos que en nada envidian a los de capitales romanas o árabes no más importantes, pero sí más promocionadas… y desde luego, menos auténticas. Podemos maravillarnos ante la majestuosidad del teatro romano de Mérida, sabiendo que, horas después, cuando anochezca, podemos sentir lo que sentían quienes allí habitaban 2.000 años antes y asistir a una obra del Festival de Teatro Clásico; podemos vagar, simplemente vagar, por los callejos del Cáceres medieval, del Trujillo que asemeja una versión modesta de la ciudad patrimonio, para descubrir una portezuela escondida entre enredaderas, un rincón aparentemente secreto, una fuente en la fachada de un palacio de la que parece manar el mismo agua que hace ocho siglos; podemos rezarle a la Virgen de Guadalupe, patrona extremeña con sede en Toledo, perdernos por “La puebla” y, ya que estamos tan cerca, darnos un salto al paraje casi pirenaico que es la comarca de las Villuercas, con un geoparque envidia de los europeos que saben de qué va esto de estudiar lo que hay bajo nuestros pies.

Pero no sólo de Cáceres, Mérida y Guadalupe vive nuestro patrimonio. Zafra, Jerez de los Caballeros, Trujillo, Plasencia, Coria… tantas y tantas ciudades y tantos y tantos pueblos que, no por más pequeños, desmerecen e las grandes joyas de la corona extremeña. Dicen que Zamora no se conquistó en una hora; Extremadura, desde luego, necesita mucho menos para conquistarte.

 

El encanto de lo rural

Es verdad, nos gusta la arquitectura, la piedra, la historia. Pero sabemos que es de “sobrados” hablar de lo que todos saben que tenemos.

El patrimonio de la humanidad es conocido por todos, pero tenemos carencia en el patrimonio de los humanos. Ese patrimonio que ha labrado, no la grandeza de emperadores, reyes u obispos, sino la gente del mundo rural, campesinos, ganaderos, artesanos, que vivieron en Extremadura y aquí dejaron su impronta.

Conocer nuestra región es saltar de la grandeza de Cáceres, Mérida o Guadalupe y elegir esas carreteras que parecen no llevar a ninguna parte pero que, realmente, nos llevan al lugar más importante que podamos imaginar: nuestro interior.

Porque visitar el arco romano de Cáparra al atardecer, cuando el sol limpio de la dehesa extremeña colorea su piedra milenaria de un ocre rojizo, sabiendo que vamos a poder acercarnos, mirarlo, casi saborearlo, sentarnos a su vera, sin vernos golpeados por una varita de vanidad (eufemismo de palo selfie), sin soportar colas o masificaciones; si concertamos una cita con el guía de las cuevas de Fuentes de León y, con una llave que firmaría tener la bruja de Hansel y Gretel, nos abre, en medio de un sembrado de trigo, las puertas de un paraíso subterráneo prácticamente desconocido; si atravesamos los parajes en los que la “madre de dragones” libró la batalla más cruenta de Juego de Tronos y llegamos a uno de los museos más espectacularmente diferentes y modernos de nuestro país, el Vostell de Malpartida, atravesando las colonias de cigüeñas que anidan en los Barruecos; si dirigimos nuestros pasos a la Serena y tropezamos con Zalamea, descubriendo que no sólo allí vivió el alcalde más famoso de España, sino que Cancho Roano es el yacimiento tartésico (siglo VI a.C.) más importante de la península ibérica; si, simplemente, nos dejamos llevar por Extremadura, descubriremos que es mucho, muchísimo más que dos ciudades patrimonio.

 

Pero hace calor, ¿verdad?

Claro. Y mucho. Como en Barcelona todo el año, en Córdoba, en Sevilla o en Valencia, en Toledo, en Madrid. ¿Alguien piensa en visitar el interior de España en verano? Probablemente no. Pero, como siempre, hay matices. En Extremadura hace calor, y mucho. Pero, igual que en la costa visitamos el mar para evitarlo, podemos usar los más de 1.500 kilómetros de costa interior para sofocar las altas temperaturas. Es verdad… no tenemos referencias para saber si esos kilómetros son muchos o pocos… quizá este ejemplo nos sirva: todas las Islas Baleares tienen 1.428 kilómetros. ¿Suena bien, verdad? Pero, además, un tercio de las playas de interior españolas con bandera azul, son extremeñas. Vale, es verdad, son dos de seis, pero Orellana y Cheles se han convertido en lugar de veraneo para un número creciente de turistas.

Y es perfectamente lógico. Tenemos dos playas en los dos pantanos más grandes de Europa, el de la Serena y el de Alqueva, compartido con nuestros vecinos portugueses. Sombra de encinas, césped hasta la orilla, aguas cristalinas y limpias, servicios de socorrista, sombrillas, hamacas… y, no podía faltar, chiringuitos en los que no huele a aceite frito una y mil veces, sino a barbacoa de alcornoque y carne de cerdo ibérico. ¿El paraíso puede estar tan cerca y ser tan sencillo de alcanzar? Evidentemente, sí.

Pero no sólo de playa se vive en Extremadura. Las piscinas naturales, este año lamentablemente cerradas en su mayoría por el riesgo que supone el COVID, nos transportan a una niñez de baños en el río, cuando las aguas de las “venas” que jalonan nuestra tierra llevando riqueza a cada uno de sus rincones, no padecían la contaminación ni el asalto de especies invasoras.

El norte de la región está lleno de ellas, pero también Badajoz goza de espacios donde refrescarse en aguas cristalinas.

 

Me gusta la “vivaleza”

Extremadura es todo menos un bodegón. Ya sabes, eso que llaman “naturaleza muerta”. Porque en nuestra tierra, lo que nos rodea está muy vivo.

Pensemos por un momento. Si quieres hacer descenso de barrancos, igual piensas en la cordillera Cantábrica o el Pirineo. ¿Te gusta la vela? Sin duda, un lugar de costa. ¿Quieres ver animales en libertad sin bajarte del coche y al alcance de la mano? Sólo en un “safari”. ¿Recorrer en bicicleta el Camino de Santiago, bajar rápidos en canoa, dormir bajo un castaño…? El norte de España parece un buen lugar… pero no… es posible hacer todo eso y cuanto nos imaginemos en Extremadura.

Si cerráramos los ojos y nos transportáramos a la Sierra de Gata y alguien, al despertar, nos hablara en bable, pensaríamos que nuestro sueño nos ha llevado sin duda, a Asturias. Si nos soltaran en la mitad de Monfragüe, en plena noche, y escucháramos la berrea de los ciervos, pensaríamos, quizá, que estamos en Cabañeros. Si nos dicen que, al atravesar Baños de Montemayor en el camino de Santiago, estamos en Navarra, seguramente nos lo creeríamos. Si llegamos a Piornal un día en el que el crudo invierno nos regala un paisaje nevado, pensarás que estás en algún pueblo de León. Pero no… estamos siempre en Extremadura. Seguramente, pocas tierras hay en nuestro país con mayor variedad de paisajes, de gentes, de vivencias.

Y es que Extremadura, sobre todo, es vida. No queremos naturaleza muerta, queremos que se mueva, que crezca… queremos protegerla, mimarla, que se sienta tan a gusto que no quiera salir de nuestras fronteras.

Miles de europeos ya lo saben y emigran a Monfragüe a ver pájaros como quien mira a Lourdes buscando un milagro. Porque milagroso piensan que es poder ver desde el coche especies como el buitre negro, el búho real o la cigüeña negra. Quien ha visto planear a un ave de más de dos metros de envergadura para posarse delicadamente en una de las elevaciones del Salto del Gitano, a menos de diez metros de quienes en ese momento pasamos a ser insignificantes sabe de lo que hablamos. El silencio del Parque Nacional roto por el silbido de unas alas sobre nuestra cabeza vale más que cien animales tras una reja.

Monfragüe es, cierto, la joya de la corona natural de Extremadura. Pero no la única. Durante los últimos años, en el valle del Jerte había casi más turistas que cerezos, pero sólo si no sabemos apartarnos de los caminos principales y sólo nos interesan esos cuatro días de abril. El Jerte, la Vera, el Ambroz, valles tan cercanos pero tan distintos que parece hayamos cambiado casi de continente. Las Hurdes, Sierra de Gata, tan verdes, tan  remotas pero tan cercanas, hasta con una lengua propia.

Sin embargo, no sólo del norte de Cáceres presume la naturaleza extremeña. Los grandes pantanos pacenses han desarrollado un ecosistema propio, donde conviven los servicios turísticos de primer orden con algunos de los fenómenos más espectaculares del mundo animal, como la llegada de las grullas a Navalvillar de Pela, la berrea de la Sierra de San Pedro, la cría del cerdo ibérico en la Sierra Suroeste.

 

Extremadura, ahora, siempre

Una de las frases más repetidas de las últimas semanas es que este verano va a ser “raro”. Raro porque no podremos hacer lo mismo de siempre, atestar las playas. Pero raro también significa diferentes.

Os invitamos a nuestra tierra. Quien conoce Extremadura, y conocerla significa vivirla, patearla, recorrer sus ciudades, pueblos, aldeas, degustar su gastronomía, descubrir sus playas, sus museos, su cultura, se enamora.

Este verano raro venid a conocer una tierra diferente. Os aseguramos que lo raro será que no volváis, y lo diferente, que el año que viene no iréis a la playa.

 

Palabra de unos extremeños.

 

 

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